La historia de un cuadro.

Este cuadro nace de una colaboración con un amigo, Leo.

En un encuentro de artistas , empezamos a cruzar pinceladas en los cuadros de otros…

En principio hicimos una taza de té, con aroma de miel que fluía.

A medida que pasaba el días, lel cuadro se autodevoró transformándose en abstracto y de ahí fue surgiendo un rostro, uno que brillaba con luz propia, tímida, pero viva, un rostro que quería viuvir libre y salvaje…

No empezó como un retrato. Empezó como una mancha de color. El turquesa,

luego el rosa, luego el naranja.

Después vino el rostro —o lo que queda de un

rostro cuando lo desarmas para que aparezca la mirada.

Esta serie de cuadros en que un rostro nace y crece, tanto figurativo como figurado… de hecho nace de una pregunta que llevo años haciéndome: qué se puede saber

de alguien por su cara, y qué no.

Cada obra la aborda desde un ángulo distinto.

En esta, la pregunta es sobre la mirada.

En otras, sobre la ausencia de rostro, sobre el gesto, sobre lo que la cara esconde cuando

intenta mostrarse, o cuando se esconde.

Usé acrílico por la velocidad de secado: quería apilar capas sin esperar

días. La técnica mixta vino después, con materiales que en ese momento no

importaba nombrar, solo ver cómo reaccionaban sobre lo ya pintado.

Los ojos surgieron solos. Pintar es fácil.

Solo hay que dejar que algo quede intacto en medio del caos requiere parar la mano.

Eso es lo que trabajé aquí: la paciencia de no intervenir donde la obra ya

habla, y retocar matices , en una conversación secreta en la soledad de la noche

Un retrato clásico dice: así es esta persona.

Esta obra dice: así es el momento en que dos miradas se encuentran.

La mía y la de quién mira el cuadro, la real y la imaginaria, la de quién pinta y la musa que lo inspira.

Así es este cuadro…

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