Caminando junto a la orilla, nos miramos. El mar rugía suave, como una caricia en el alma.

. Compartíamos ese silencio que permite digerir nuestras reflexiones sobre cómo es el mundo, de qué está hecho, para qué vivimos y por qué. El atardecer, inmenso en su preciso volver, mostraba la grieta mágica entre los tiempos. Lo que nos fascinaba era ver que el destino es lo que acaba sucediendo mientras hicimos todo lo posible por eludirlo. Y en ese instante mi susurro, acercándose a su oreja, vertió un secreto emocionante... "Tanta poesía no encubre a la fiera perversa que te mira" ... y la música de las olas se apagó, el sol empezó a temblar como si la luna le hubiese hecho cosquillas.
De repente y de forma incontrolable, la mente de ella se puso a hervir como una sopa de sudores y posibilidades..., su bello se erizó suavemente, escondiendo ese volcán que se había activado...
lo sintió llevándola a los rincones más oscuros de su corazón y su alma.
Mientras su húmedo pensamiento entrelazado con sentimientos casi olvidados se aceleraba, mi gesto sereno y protector señalaba al horizonte y decía: "para ser una ilusión divina, este mundo es un laberinto precioso de luces y sombras... no te parece?" nos volvimos a mirar, reímos como niños traviesos a los que habían pillado en el rincón de los secretos... y seguimos caminando junto a la orilla, hacia ningún lugar externo.

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